
El pasado 28 de diciembre, la Iglesia conmemoró a la Sagrada Familia de Jesús, María y José, la familia de Nazaret. No se trata únicamente de una fecha litúrgica, sino de una oportunidad para reflexionar, desde una perspectiva humana, jurídica y espiritual, sobre el sentido profundo de la familia y, especialmente, sobre la responsabilidad que recae en los adultos frente a los hijos.
La Sagrada Familia no fue una familia exenta de dificultades. Vivió el temor, la persecución, el exilio y la incertidumbre. El Evangelio nos muestra a José recibiendo instrucciones difíciles y tomando decisiones que implicaban renuncia, desplazamiento y sacrificio. María acompaña esos procesos con silencio, fe y fortaleza. En todo momento, el eje fue uno solo: proteger al Niño.
Desde la experiencia profesional como abogado de familia,
resulta inevitable advertir un paralelismo con muchas realidades actuales. Las familias de hoy también enfrentan conflictos, rupturas, desacuerdos profundos y decisiones dolorosas. No siempre es posible mantener intacto el ideal; la fragilidad humana es real. Sin embargo, incluso cuando los vínculos entre adultos se quiebran, existe un deber que no se disuelve: la responsabilidad hacia los hijos.
El derecho de familia moderno ha recogido este mandato bajo el principio del interés superior del niño, que exige que toda decisión —judicial, administrativa o personal— tenga como prioridad el bienestar físico, emocional y psicológico de los niños, niñas y adolescentes. No obstante, este principio no es únicamente una construcción normativa; es también una exigencia ética y moral.
San Pablo exhorta a las familias a revestirse de misericordia, humildad, mansedumbre y paciencia. Estas virtudes, lejos de ser abstractas, adquieren un sentido concreto cuando se traducen en conductas responsables: evitar instrumentalizar a los hijos en los conflictos, no exponerlos a disputas innecesarias, garantizar su estabilidad y permitirles crecer en un entorno donde el amor y el respeto no desaparezcan, aun cuando los adultos ya no compartan un proyecto común.
La Sagrada Familia de Nazaret nos deja una enseñanza clara y profundamente actual: todas sus decisiones fueron tomadas en favor del Niño. No desde el orgullo, no desde el miedo paralizante, sino desde la responsabilidad y el amor. José no cuestiona, actúa. María no impone, acompaña. Ambos comprenden que el bienestar del hijo está por encima de cualquier comodidad personal.
En tiempos donde las relaciones se tornan frágiles y los conflictos familiares llegan con frecuencia a los tribunales,
este ejemplo invita a una reflexión honesta: pensar distinto, separarse o rehacer la vida no libera a nadie del deber de amar mejor y decidir con mayor conciencia cuando hay hijos de por medio.
La familia de Nazaret no fue perfecta, pero fue fiel a lo esencial. Esa fidelidad sigue siendo hoy una guía válida para quienes ejercemos el derecho, para quienes educamos, y para quienes, desde nuestra fe, creemos que cada niño merece ser protegido, escuchado y puesto siempre en el centro.
Jorge León








